
Será que me rio o lloro de los rumores que giran alrededor mío. De la noche a la mañana te puedes hacer una celebridad, así, sin más ni más.
Hoy aprendí una lección importante, bueno, tal vez sean más, pero la más importante es de que una mujer herida puede convertirse en una completa pesadilla.
Sus ojos verdes llenos de bilis te traspasarán transversalmente hasta el tuétano, adentro con su uña del dedo meñique te clavará un aguijón y lo retorcerá lentamente hasta que vea como las primeras gotitas de sangre se escurren a lo largo de su mano putrida y morada.
No te queda más que sentir dolor, la miras intentando alzar la cabeza, pero irremediablemente su lengua bífida se te enredará en el cuello, asfixiándote mientras se mofa de lo frágil que te ves en ese estado.
Mientras siente placer de verte debilitado y a sus pies, postrará sus minúsculas pezuñas traseras sobre tu vientre, intentando hacerte estallar por la presión, pateará una y otra vez, gritará maldiciones, te gruñirá cerca de la oreja e intentará arrancarla de un mordisco.
Te tenderá en el suelo sosteniéndote con sus tentáculos, te desenrollará azotándote contra el asfalto, restregándote la piel sobre el pavimiento, viendo como tu carne se levanta hasta dejar ver el hueso... Pensarás que morirás de un momento a otro.
Sin embargo, hay una forma de reparar el daño que nos causa la hembra enfurecida. Ignórala. Irremediablemente, morirá.